Existen diversos factores que determinan el crecimiento de un niño pero tenemos que tener muy presente la relación directa que existe entre alimentación y crecimiento.

La alimentación es, sin duda, un factor fundamental en el cuidado de la salud del organismo de los más chicos y, aunque no existen evidencias científicas de las propiedades beneficiosas de alimentos concretos en la prevención de los resfriados, unos hábitos adecuados en las comidas que se ajusten a las necesidades de cada edad, son claves para mantener un sistema inmune fortalecido.

Una dieta desequilibrada con falta de algunos nutrientes no sólo puede desembocar en una deficiencia del crecimiento sino que puede desencadenar en problemas como la mal nutrición, obesidad e incubar problemas de salud que se desarrollaran en un futuro.

Los bebés y los niños son los principales perjudicados cuando de catarros y resfriados se trata. De hecho estas infecciones respiratorias son las más frecuentes en la infancia. Durante los primeros años de vida, un niño normal padece entre 8 y 10 infecciones al año y disminuye a 3 ó 4 infecciones al año en la época de la preadolescencia.

Se calcula que un niño sano (sin problemas de inmunidad o enfermedades crónicas como diabetes, asma, cardiopatías, etcétera) y con una alimentación adecuada, entre el nacimiento y los 10 años, padecerá unos 100 procesos infecciosos, pero la mayoría de ellos son leves, por lo que el niño no precisará de ningún tratamiento.

Estos casos se dan con mayor frecuencia en niños que acuden a guarderías o se escolarizan tempranamente, hábito tabáquico familiar, con hermanos mayores que les traen las infecciones a casa o ambientes urbanos superpoblados

Esta frecuencia se debe, entre otras cuestiones, a que el sistema inmunitario del bebé y del niño pequeño aún no está del todo fortalecido y esto les hace ser más susceptible a infecciones, en este caso respiratorias.

Un sistema inmune fuerte ayuda

 El sistema inmunitario del niño pequeño no está totalmente desarrollado como en el niño mayor o en el adulto, tiene unas características precisas y unas respuestas distintas. Además a edades tan tempranas, el sistema inmunitario se debe enfrentar por primera vez a una serie de agentes (virus, bacterias y hongos) para los que no tiene defensas previas.

Aunque las infeccione víricas son difíciles de prevenir, se sabe que la lactancia materna durante los primeros meses de vida, el seguimiento correcto del calendario vacunal, una alimentación correcta y variada, con todos los grupos de alimentos necesarios según las pirámides de alimentación para cada una de las edades, evitar el hacinamiento, ambientes cargados y tabáquicos… son medidas que ayudan.

La leche materna 

La leche materna produce una clara protección por el paso de inmunoglobulinas (defensas) a través del pecho. Contienen bífidus que se caracterizan por estimular el sistema inmune y ayudarle a madurar e inmunonutrientes como el zinc, el selenio y los nucleótidos que favorecen que el sistema inmunitario funcione adecuadamente.

Las grasas predominantes son las grasas Omega 3 y Omega 6. Estas grasas intervienen en el sistema cognitivo y visual del lactante y, además, colaboran en la maduración de su sistema inmune.

Luego, a partir de los 4 ó 6 meses, el bebé comenzará con una alimentación complementaria, siempre dirigida por un pediatra, en la que se irá introduciendo de forma paulatina el resto de alimentos.
Posteriormente la dieta del niño deberá ser variada incluyendo todo tipo de alimentos, en la proporción adecuada según la edad.

Hábitos alimenticios recomendables

Una vez que se ha dejado de dar el pecho, la mejor manera de mantener las defensas de los niños en plena forma es mediante una alimentación variada y equilibrada que incluya todo tipo de alimentos, en la proporción adecuada según la edad.

Los niños precisan de una dieta diversa, bien balanceada y que contengan una mezcla adecuada de macronutrientes: carbohidratos, proteínas y lípidos. Todos ellos constituyen el principal aporte alimenticio y se usan como base energética para el crecimiento y mantenimiento de funciones corporales.

Además son unos micronutrientes, que se deben incluir en pequeñas cantidades, pero que son necesarios para mantener la vida y la salud. Se trata de las vitaminas y minerales.

La combinación de todos estos nutrientes en las cantidades apropiadas constituyen una base fundamental para mantener una salud óptima del organismo del niño y un sistema inmune fornido:

  • Cereales, patatas y demás alimentos predominantes en hidratos de carbono: deben ser la base de la alimentación apareciendo en un 50% del aporte total de la dieta, orientándolos al momento anterior de la realización de alguna actividad física. Aportar cereales y pan a diario y arroz y pasta de dos a cuatro veces por semana. A parte de ser la fuente principal de energía, también mejorará en transito intestinal gracias al aporte de fibra.
  •  Aceites y grasas en general: especial atención a este grupo de alimentos. Se debe eliminar o reducir el consumo de grasas saturadas provenientes de mantequillas, tocino, manteca, a favor del aceite de oliva y la margarina. Los lípidos deben aportar el 30% del valor calórico de una dieta equilibrada. El aceite de oliva es rico en vitaminas A, D, E y K, además de favorecer la absorción de fósforo, magnesio y cinc. También previene problemas cardiovasculares, regula el nivel de glucemia y es fuente de polifenoles.
  •  Alimentos ricos en proteína: su aporte es vital para el crecimiento de un niño y sus necesidades son mayores que las de un adulto. La carne debemos aportarla dos o tres veces por semana, siempre carne magra baja en grasa. Los huevos no deben superar las 3 unidades por semana. El pescado, de tres a cuatro veces y las legumbres entre dos y tres tomas. Estos alimentos son ricos en aminoácidos y vitaminas del grupo B, A y K y minerales como el hierro. Las vitaminas del grupo B son básicas en el rendimiento intelectual, así que no deben ser carentes en ningún momento.
  •  Frutas y verduras: deben estar presentes en todas las comidas. Son una fuente espléndida de vitaminas, minerales y fibra. Añadir un cítrico al día para cubrir las necesidades de vitamina C.
  •  Lácteos: son básicos en el desarrollo infantil. El calcio debe estar presente en la dieta, esencial para el desarrollo óseo. Los lácteos no deben ser desnatados ya que son deficitarios en vitaminas liposolubles como la vitamina D necesaria para la fijación del calcio en los huesos, vitamina A, y minerales como el hierro y cinc.

Todos los alimentos básicos deben tenerse en cuenta para elaborar una correcta alimentación en todas las épocas de la vida. Pero los hábitos de la infancia marcarán el comportamiento alimentario en los años posteriores.