Cuando hablamos de nutrición, muchas veces escuchamos que el desayuno es la comida más importante que ingerimos en el día. Su importancia reside en que permite interrumpir el prolongado período que nuestro cuerpo pasa sin recibir alimentos durante el descanso nocturno, brindándole la primera oportunidad para recargar los niveles de azúcar en la sangre (glucosa).

Durante la noche, muchas funciones cerebrales disminuyen y actúan gracias a las reservas aportadas en la cena. Al despertar, estas funciones requieren del aporte energético de los alimentos que proporciona el desayuno para reactivarse: los carbohidratos, grasas y proteínas. De esta manera, el desayuno nos provee de los primeros y más necesarios nutrientes que requerimos para comenzar nuestras actividades diarias.

A pesar de su importancia, a veces por desconocimiento, a veces por la prisa de la vida diaria, muchas personas saltean esta comida hasta la hora del almuerzo. Algunas manifiestan no tener apetito por las mañanas. Esto suele ocurrir cuando se consumen alimentos en exceso por la noche, especialmente si son ricos en grasas. Por ello es recomendable una cena con un aporte calórico mínimo, compuesta por alimentos de poca permanencia en el estómago.

Para otros, la excusa es la falta de tiempo. Sin embargo, sólo se requieren 10 a 15 minutos para tomar un buen desayuno, se puede dejar listo la noche anterior o elegir entre una gran variedad de opciones de fácil preparación.

También hay quienes evitan esta ración con el objetivo de perder peso. Esto es un error ya que la energía ingerida en el desayuno se consume a lo largo del día. Además, al repartir las calorías en diferentes comidas no se sobrecarga ninguna de ellas y se evita el “picoteo” entre las mismas, ayudando a controlar el peso.

El desayuno es un hábito alimentario que llega a condicionar el estado físico, psíquico y nutricional en personas de todas las edades.

Si no desayunamos, la falta de glucosa, obliga a nuestro cuerpo a utilizar otras reservas energéticas, entre las que se encuentran las grasas y los componentes de las proteínas, que son una fuente de combustible menos eficaz y, al mismo tiempo, alteran el normal funcionamiento del organismo al ser utilizadas como fuente principal de energía.

A media mañana la falta de energía comienza a sentirse experimentando decaimiento, falta de concentración y mal humor.