Uno de los fenómenos sociales más importantes de los últimos años ha sido el progresivo interés por la práctica del ejercicio físico y el deporte. Asimismo los efectos positivos del ejercicio físico sobre la salud tienen un gran reconocimiento en nuestra sociedad.

Teniendo en cuenta que uno de los problemas de salud actuales es la obesidad, nos ocuparemos de la influencia del ejercicio sobre ella y de la importancia de su valoración.

La reducción de la grasa corporal de una persona sólo es posible si se logra un desequilibrio energético, de forma que la ingestión de energía a través de los alimentos sea inferior al consumo de energía necesario para la vida y para el desarrollo de las actividades habituales. Según esto, bastaría con una dieta hipocalórica como método de adelgazamiento. El inconveniente de ésta es que provoca además pérdidas considerables de masa no grasa (músculos, huesos, etc.). En cambio un equilibrio energético o calórico negativo conseguido por medio del ejercicio físico produce principalmente la pérdida de tejido adiposo (masa grasa).

De entre los programas de ejercicio físico recomendados para la pérdida de peso, destacan los aeróbicos porque suelen mantener el peso de masa no grasa constante.

En consecuencia, la mejor forma para rebajar peso en la mayoría de las personas consiste en una combinación entre la restricción moderada de la ingesta de alimentos y la práctica de ejercicio aeróbico de forma regular (ejercicio aeróbico es aquél de larga duración, pero de baja intensidad).

Aunque las pautas a seguir pueden ser muy variables, un programa recomendable para la pérdida de peso podría ser aquel que cumpliera los siguientes criterios:

  1. Proporcionar una ingesta calórica no inferior a las 1200 kcal/día en la mujer y 1500 kcal/día en el varón (considerando adultos normales), de manera que se cubran las necesidades nutricionales (estas necesidades varían en el caso de niños, ancianos, etc.).
  2. Incluir alimentos agradables para la persona que sigue el régimen dietético, teniendo en cuenta su entorno sociocultural, sus hábitos, sus gustos, sus posibilidades económicas y la facilidad de adquisición y preparación (se pueden utilizar para ello tablas de equivalencias de los alimentos para elaborar menús variados).
  3. Conseguir un balance energético negativo que produzca una pérdida de peso máxima de 1 kg/semana.
  4. Eliminar los hábitos dietéticos que resulten perjudiciales.
  5. Prescribir un programa de ejercicio aeróbico (el más aconsejable) realizando un ejercicio de poca intensidad pero de larga duración como puede ser caminar.
  6. Intentar que los nuevos hábitos alimenticios y de actividad física sean adoptados para toda la vida, con el fin de mantener el peso corporal dentro de los límites aceptables.

Además de estos criterios hay que tener en cuenta que en los primeros días de dieta hipocalórica, el organismo utiliza como fuente de energía el glucógeno y las proteínas, los cuales contienen bastante agua, con lo cual se pierde aproximadamente 1 kg/día de peso. A partir del 5° día comienza a utilizarse el tejido adiposo (masa grasa) como fuente energética principal y la persona pasará a adelgazar casi diez veces menos. Estas circunstancias deben explicarse previamente para evitar el abandono del programa.

En cuanto al programa físico correspondiente, debe ser mediante actividades aeróbicas de larga duración, porque son las que necesitan mayor gasto energético. Estas actividades pueden ser: caminar, nadar, montar en bicicleta, etc. Para ello, se deben valorar los gustos, la presencia o ausencia de otras personas durante la realización, el lugar y el horario. Asimismo deben tenerse en cuenta los recursos existentes para poner en práctica estas actividades: recursos materiales y sociales y recursos personales. También deben considerarse posibles dificultades como por ejemplo: enfermedades y deficiencias físicas relevantes, obligaciones laborales y familiares, etc.

Por último hacemos una aclaración sobre una práctica muy difundida, consistente en el uso de ropas gruesas para las condiciones ambientales, o impermeables, o bien de fajas y otros elementos aislantes, que combinados con el ejercicio y con la escasa ingesta de líquidos, proporcionan a las personas la idea de una pérdida de peso mayor. Sin embargo, en el mejor de los casos, estos sistemas no suponen un gasto energético o calórico mayor y además el peso perdido en exceso se recupera al beber agua después del ejercicio, cuando se restablece el equilibrio hidromineral. Además, estas actuaciones pueden producir deshidratación, sobrecarga cardiovascular o renal. Algunas de dichas situaciones, por ejemplo el “golpe de calor” o la hipertermia, pueden ser muy peligrosas e incluso mortales.

Concluiremos afirmando que la obesidad constituye un verdadero problema de salud pública en muchos países desarrollados. Por un lado, es considerada como un factor de riesgo de muchas enfermedades y por otro, como la causante de problemas articulares y psicológicos que dificultan la vida de las personas.

En definitiva, merece la pena tratar la obesidad y, sobre todo, lo que es más importante, prevenirla.